Titulo de Madre
Retrato de Madre

LA HIJA DEL SOL

Nací el 5 de septiembre de 1952 en Sogamoso, Boyacá, justo encima de la catedral.

Crecí en la Ciudad del Sol, un lugar con historia. Allá, la gente todavía habla de los muiscas y del Templo del Sol, que los españoles destruyeron, pero que sigue vivo en la memoria. Mis tíos encontraron piezas antiguas en la tierra: figuras, vasijas, adornos. Con eso compraron mulas, carros y construyeron sus casas. No era solo oro viejo: era parte de lo que éramos.

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LA VIDA CON
MI HIJO

Eduardo nació en Bogotá, en la Clínica Veracruz, un día del amor y la amistad, a las tres de la tarde. Lo esperé con ilusión, como se espera lo que una sabe que le va a cambiar la vida. Fue el segundo de mis cuatro hijos, y desde niño se notaba distinto. Estudió en la Escuela Mariscal Sucre, donde se graduó como Brigadier Mayor del colegio. Más adelante quiso estudiar Derecho. Decía que quería ayudar a la gente que no tenía cómo defenderse, a los presos políticos, a los que nadie escuchaba.

Yo tenía un negocio de piscinas en Villeta, La Rondinela, y él siempre me ayudaba. A veces trabajábamos hasta tarde, pero no se quejaba. Era cumplido y trabajador, no conocía la pereza. Siempre me sentí tranquila con él.

EL DÍA EN QUE MI MUNDO
SE PARTÍO EN DOS

retrato eduardo garzon

Desde ahí mi vida se pasó entre un lugar y otro, buscándolo; todo se partió en dos. Recuerdo que empecé a ir a la iglesia a escuchar profecía, y cierto día el predicador me dijo que mi muchacho está en paz y que estaba con Dios; yo di las gracias. Era lo que yo quería saber después de cinco meses de búsqueda: que mi hijo estaba en paz.

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MI VIDA HOY

Aún hoy siento el llamado del mal de madre, esa extraña ternura que se queda en el cuerpo después de haber dado vida, como si mi vientre guardara para siempre la memoria de los antojos y las sensaciones del embarazo. Es un amor que no se apaga, una sensibilidad que también se expresa en mi manera de cocinar. Para mí, la cocina es prolongar ese cuidado: cada plato lleva la ternura, la energía y la fuerza de la vida que una vez llevé dentro. Alimentar se vuelve un acto sagrado, un puente entre lo más profundo de mi cuerpo y la comunidad que me rodea. Cocinar me despierta el alma, me lleva a otros tiempos y a otros lugares. Me apasiona hacerlo en comunidad, en esas ollas grandes donde el compartir y el amor se mezclan con el aroma de los alimentos. Porque sé que al final es el amor lo que nos mueve, lo que teje un lazo indestructible entre las madres y sus hijos. La cocina me ha conectado con mi historia y con otras mujeres que, como yo, han caminado entre el dolor y la resistencia. Recuerdo la olla comunitaria que hicimos en Sibaté, haciendo los grafitis de “las cuchas tienen razón” y “las locas decimos la verdad”: allí preparé un sancocho, mi plato favorito, como homenaje a la memoria de quienes hemos perdido y como una apuesta por la esperanza de justicia y verdad. Ese día, varias víctimas nos reunimos para cocinar juntas. Lo hicimos para honrar, para reclamar, para que no se repita, para mirar de frente a los victimarios y exigir la verdad con la dignidad que merecemos. En ese fuego y en esas manos, cocinar en comunidad se volvió un acto de resistencia, un gesto sagrado que nos sostuvo y nos dio fuerza para seguir.

Semilla de memoria
Fondo papel
Historia Ana Páez:

Ana Páez y Johana Botero

Historia Blanca Monroy:

Blanca Monroy y María Ordóñez

Historia Carmenza Gómez:

Carmenza Gómez y
Liliana Raigoso

Historia Doris Tejada:

Doris Tejada y María Ordóñez

Historia Gloria Martínez:

Gloria Martínez y Johana Botero

Historia Idalí Garcera:

Idalí Garcera y Nathaly Montoya

Historia Jacqueline Castillo:

Jacqueline Castillo y Liliana Raigoso

Madres de MAFAPO
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