Cuando yo tenía diez años, llegamos a Bogotá. Llegamos a la casa de una tía por el barrio Restrepo, y ahí estuvimos mientras mi papá encontró trabajo con el ferrocarril en la estación de la Sabana (justo donde se va a construir el monumento a MAFAPO). Al poco tiempo mi papá solicitó un crédito para vivienda con el Instituto de Crédito Territorial, y así fue que nos mudamos al barrio Timiza, donde tuvimos la primera casa familiar en Bogotá. Era una casa modesta en obra negra, que requirió de mucho trabajo nuestro para poderla terminar.
“A los 18 o 20 años empecé con la fiebre del bordado”.
Soy Doris Tejada y nací en Montenegro, Quindío, el 10 de mayo de 1950. En ese momento, vivimos en una finca con mi mamá Ana Raquel Castañeda, mi papá (nombre), mis dieciocho hermanos y hermanas, las gallinas que teníamos y una vaca lechera. Yo fui una de las niñas menores.
Nuestra vida era muy tranquila y sabrosa en Montenegro :)
Mi mamá fue muy bella, muy paciente y cuidadosa con nosotros. Con mucho amor y paciencia nos enseñó a sembrar plantas, a limpiar la casa, a cocinar, a tejer y a bordar. Cuando yo tenía ocho años, un día me dijo vamos a tejer con una madeja y una aguja, y me enseñó a hacer patines y gorros. Al principio las cadenas me quedaban mal y ella me hacía desbaratar todo y eso me frustraba mucho, porque a mi no me gustaba desbaratar lo que hacía.
Mi madre me dio los regalos que más he querido en mi vida: una gallina y el bordado. Yo quería tanto a mi gallina, que hablaba con ella, la consentía, dormía con ella, y cuando salía a estudiar y a hacer tareas, me la llevaba conmigo.
En la década de los 60 's en pleno conflicto entre liberales y conservadores, llegó un panfleto a la casa; era una amenaza para mi papá, y esa misma noche nos tocó irnos para Bogotá. Nos fuimos sin trasteo y sin nada, y hasta me tocó dejar a mi gallina. Ese viaje fue muy triste para mí. La separación de mi gallina, me marcó para toda la vida. Después de eso, nunca volví a tener mascotas ni a apegarme de esa manera ni a un peluche ni a un animal.
Cuando yo tenía diez años, llegamos a Bogotá. Llegamos a la casa de una tía por el barrio Restrepo, y ahí estuvimos mientras mi papá encontró trabajo con el ferrocarril en la estación de la Sabana (justo donde se va a construir el monumento a MAFAPO). Al poco tiempo mi papá solicitó un crédito para vivienda con el Instituto de Crédito Territorial, y así fue que nos mudamos al barrio Timiza, donde tuvimos la primera casa familiar en Bogotá. Era una casa modesta en obra negra, que requirió de mucho trabajo nuestro para poderla terminar.
El primer golpe fuerte de mi vida, fue a los once años, con la muerte de mi papá. Un día sábado muy temprano, mi papá se fue para la Estación de la Sábana a trabajar, y mientras se tomaba un tinto fuera de estación, un carro se quedó sin frenos, se subió al andén, atropelló a mi papá y a otras personas, y el murió de inmediato. En ese momento, yo tenía dieciséis años y estaba estudiando en octavo de bachillerato en el Instituto Técnico Comercial del barrio, y con la muerte de mi papá y nuestra dificultades económicas, tuve que dejar el colegio y ponerme a trabajar para ayudar a mis hermanos y a mi mamá.
Cuando me enteré de su muerte, sentí un impacto muy fuerte y pensé que todo se había acabado para mí. Esa sensación fue tan intensa y terrible, que tuve que recostarme un rato y concentrarme solo en mi respiración. Y de la consternación, salí de la casa con un zapato de uno y otro de otro. Cuando llegué al hospital, una persona me dijo: ¿por qué tienes zapatos diferentes?
La muerte de mi papá fue tan repentina, inesperada y dolorosa para mí. Mi papá era una de las personas más importantes que yo tuve en la vida, y fue muy difícil aceptar su ida y su muerte. Aceptar que no lo volvería a ver nunca más. Con su muerte, volví a sentir la fiebre del bordado.
Mi primer trabajo, gracias a un tío que fue muy comprensivo conmigo, fue en su peluquería. Allá aprendí a hacer manicura, y mi primer cliente pago, nada más y nada menos, que fue Lucho Herrera, el ciclista famoso. Él era amigo de mi tío, y por eso iba a hacerse las uñas en ese salón.
Mi hijo quería tanto llegar a este mundo, que se encargó de hacer posible su llegada al costo que fuera. Su nacimiento tuvo un recorrido muy complicado. El día del parto sin saberlo, empezó muy raro. Muy temprano se me alborotó el amor por Dario, y como vivíamos en Fusagasugá aunque él trabajaba en Bogotá, alisté unas cosas, salí a la calle, me subí a un bus. Recuerdo que para evitar sentir tanto movimiento y dolor, me senté en la mitad.
A los diecinueve años, conocí a Dario, y al año siguiente nos casamos y nos fuimos a vivir a Fusagasugá.
En la década de los 80's, quedé embarazada. Ese embarazo, fue muy deseado y muy disfrutado. Me acuerdo que lo que más me gustaba comer era plátano maduro crudo, naranjas, bananos y mangos. Todo lo que tenía ese color, me hacía sentir muy bien. En ese momento, volví a conectarme con el tejido y con el bordado, así que compré materiales y le hice patines, saquitos y gorritos a mi hijo.
Mi hijo quería tanto llegar a este mundo, que se encargó de hacer posible su llegada al costo que fuera. Su nacimiento tuvo un recorrido muy complicado. El día del parto sin saberlo, empezó muy raro. Muy temprano se me alborotó el amor por Dario, y como vivíamos en Fusagasugá aunque él trabajaba en Bogotá, alisté unas cosas, salí a la calle, me subí a un bus. Recuerdo que para evitar sentir tanto movimiento y dolor, me senté en la mitad.
Llegué hasta el centro de la ciudad, donde quedaba la sastrería en la que trabajaba Dario, y ahí fue donde me empezaron los síntomas del parto. Él estaba muy preocupado, así que salimos a la calle pensando en buscar un hospital cercano, y al momentico reventé la fuente en un andén. Dario se asustó mucho, y su reacción fue meterme en una iglesia cercana, para resguardarnos y que el niño no naciera en la calle. ¿Qué más pasó ahí?
No pasó mucho tiempo, nos recogió una ambulancia, y yo, entre el pánico y el susto, me llené de pena de que me fueran a quitar los calzones ahí. Solo pensaba en eso.
Después de todo ese peregrinaje, logramos llegar hasta el hospital de Timiza. Todo era un caos por las lluvias, y como el hospital estaba inundado, Óscar terminó naciendo en la camilla en la que me bajaron de la ambulancia. Recuerdo la alegría que sentí cuando lo alcé por primera vez —era una alegría inmensa. Cuando vi a mi hijo a los ojos, se me fueron todos los dolores y toda esa travesía tomó sentido en ese momento. Yo siento que el amor que se despertó en mí el día del nacimiento de Óscar y el impulso de salir a buscar a mi amor, Dario, abrieron el camino para este nacimiento. A través del amor y el disfrute que sentí al volver a encontrarme con Dario en la sastrería, fue que Óscar abrió su camino de vida.
A Óscar le encantaba jugar fútbol y bailar salsa. Cuando tenía diecisiete años, recuerdo que íbamos juntos a bailar salsa en las discotecas del barrio.
Dario le recitaba y le enseñaba poesía a Oscar
Ese día, nos devolvimos en la memoria y recordamos muchos momentos lindos de la infancia de Óscar, como cuando se volaba de las escuela a robarse frutas. Y de tantas emociones, no me di cuenta a tiempo que la alegría que sentía, y que pensé que estaba relacionada con lo que sentí cuando lo vi nacer, era la sensación de la hipertensión que tenía. Ni mi familia ni yo lo sabíamos.
Después de que desaparecen a Oscar, me resguarde en el bordado, y empecé a hacer zapaticos pequeños. Al principio los hacía sin un sentido o una intención muy clara, y los vendía a 2.000 pesos. Con ese dinero, podía comprar más materiales. Hace dos años, empecé con la tarea de tejer 6.402 zapaticos pequeñitos de colores, y siento que desde que tengo esa intención, el bordado ha tomado un significado más profundo para mí: cada zapatico tiene en su esencia la ausencia y la memoria de una persona desaparecida, y está bordado con las emociones que generan esas ausencias. Esos zapatos son para mí, como amuletos.
Mi meta es llegar a los 6.402 zapatos bordados, que simbolizan a las personas, que como mi hijo, fueron detenidos, desaparecidos y asesinados extrajudicialmente. En este momento, en 2025, voy en 4.886 zapatos.
El día de la entrega del cuerpo de Óscar —hace poco más de un año en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación (17 ó 18 de junio de 2024)— bordé zapaticos blancos para toda la familia. Ese día, nos devolvimos en la memoria y recordamos muchos momentos lindos de la infancia de Óscar, como cuando se volaba de las escuela a robarse frutas.
Cuando me lo entregaron, me sentía muy emocionada y como elevada. Ese día fue una lluvia de emociones que nunca se van a borrar. De tantas emociones que sentí en ese momento, no me di cuenta que la alegría que sentía —y que pensé que estaba relacionada con lo que sentí cuando lo vi nacer—, era un síntoma de la hipertensión que tenía. Ni mi familia ni yo lo sabíamos.
Ahorita mi prioridad es atender mi salud y la de mi esposo, y afortunadamente cuento con él para todo lo que necesite, pues es mi apoyo y mi mayor compañía.
En mi idea de futuro quiero seguir haciendo manualidades, especialmente monederos y bolsitos con chapitas de las latas de cerveza, de las cuales ya tengo muchas guardadas.
Me gusta buscar información en internet y, cuando la necesito, le pido ayuda a mi nieto Carlos. En este momento estoy tejiendo unos zapatos para una bebé. He aprendido que uno debe tratar de apaciguar lo que está alborotado, y creo que mi superpoder es tener siempre las ganas de hacer las cosas con amor. Después de ver mis logros, me evalúo y me hablo o me escribo a mí misma: soy honrada, honesta, quiero mucho a Doris; soy justa, comparto y me considero un libro abierto. Además, me gustan mucho los elogios, que me quieran y que me abracen.
Ana Páez y Johana Botero
Blanca Monroy y María Ordóñez
Carmenza Gómez y
Liliana Raigoso
Doris Tejada y María Ordóñez
Gloria Martínez y Johana Botero
Idalí Garcera y Nathaly Montoya
Jacqueline Castillo y Liliana Raigoso