En el colegio teníamos clases, yo era feliz. Pero la vida en el campo trajo responsabilidades tempranas, y tuve que dejar la escuela después de primaria. El sueño de tocar guitarra se fue quedando atrás. Aprendí solo un poquito, lo justo para que el deseo no muriera.
Nací el 10 de septiembre de 1962, en Ibagué. Allí todo suena a música. Vivíamos en una vereda llamada Artango, en una finca donde los pájaros y los árboles componían sinfonías con el viento. Desde niña me atrajo la música, especialmente la guitarra. En el colegio teníamos clases, yo era feliz. Pero la vida en el campo trajo responsabilidades tempranas, y tuve que dejar la escuela después de primaria. El sueño de tocar guitarra se fue quedando atrás. Aprendí solo un poquito, lo justo para que el deseo no muriera.
Mis padres eran muy unidos. Se querían con una ternura que ya casi no se ve. Mi mamá era generosa. Vivíamos cerca de la carretera y a todo el que pasaba le ofrecía panela, guarapo, una aromática. Siempre había algo.
Ay, Campana... Era una yegua temperamental, no le gustaban las mujeres, pero a mí me encantaba pedirle a mi papá que me la prestara. Yo era muy bonita y tenía mis admiradores, entonces me montaba en Campana y me iba al pueblo, bien empoderada, como quien domina lo indomable. Me gustaba que me vieran pasar, toda elegante. Pero una vez la yegua se me alborotó justo frente a todos los muchachos. Me tiró al suelo. Se rieron, claro, y hasta me regañaron. "¿Qué hacía usted montada en ese animal?", decían.
Era un niño travieso. Se iba al arroyo, y regresaba empapado. "Mami, ya me bañé", me decía. Era generoso, buen estudiante, amaba dibujar. Ya de adolescente jugaba fútbol con los vecinos, se la pasaba creando cosas con las manos. Daniel era lindo. Con ese corazón grande. Alegre. Dulce. Generoso. Mi muchacho.
Daniel Alexander Martínez. Nació el 6 de noviembre de 1986. Su parto fue largo, doloroso, pero también lleno de amor. Quince días de labor. Era un niño hermoso: hiperactivo, dulce, inquieto pero amoroso. Lo adoraban sus abuelos. Yo fui madre de cuatro, tres niñas y él. Daniel me enseñó lo que era amar con las entrañas. Como yo no pude seguir con la música, le compré una guitarra pequeña. Se enamoró de ella. Aprendió solo.
Era un niño travieso. Se iba al arroyo, y regresaba empapado. "Mami, ya me bañé", me decía. Era generoso, buen estudiante, amaba dibujar. Ya de adolescente jugaba fútbol con los vecinos, se la pasaba creando cosas con las manos. Daniel era lindo. Con ese corazón grande. Alegre. Dulce. Generoso. Mi muchacho.
Yo llegué primero. Tenía que valerme por mí misma. No podía seguir bajo la enagua de mi mamá. Daniel llegó a los 14. Estudió, pero no se graduó. Empezó a trabajar y estudiar dibujo técnico en el SENA. Era duro para él. Trabajaba donde saliera: almacenes, construcción. Quisiera haberle dicho: “No se mate tanto”. Pero él quería ayudar. En la casa hacíamos el aseo juntos, con música, como si todo fuera una fiesta.
La naturaleza y mi hijo,
el campo nos susurraba,
el río, el guayabo aquel,
donde jugábamos cuando eras niño,
sigue creciendo,
allí quedaron nuestros besos,
nuestras voces.
Un pájaro cantaba en un árbol
que ya no se sorprendía,
hasta que el canto lo despertó,
y se fundieron en uno solo:
el árbol pájaro,
que guarda la vida, el amor, el eco
que no se extingue.
Allá, en la finca,
aún canta tu recuerdo
entre hojas y trinos,
aún crece
donde nació
nuestro amor.
Yo venía de turno en una jabonería. Al llegar, encontré su hoja de vida sobre la mesa. Estaba echándose perfume. Me abrió la puerta, sonriendo. Me dijo que iba a entregar la hoja. "Mami, tranquila. En la tarde estoy de vuelta".
Golpearon. Era Pedro Gámez. Lo reconocí. Me dio mala espina. Le dije que Daniel no estaba. Daniel, detrás de mí, puso la mano en mi hombro: "Mami, ¿por qué me niega? Yo me voy con él".
Yo venía de turno en una jabonería. Al llegar, encontré su hoja de vida sobre la mesa. Estaba echándose perfume. Me abrió la puerta, sonriendo. Me dijo que iba a entregar la hoja. "Mami, tranquila. En la tarde estoy de vuelta". Hizo el desayuno. Me sirvió arroz, aguacate, tomate con cebolla, y un pedazo de hígado encebollado. Golpearon. Era Pedro Gámez. Lo reconocí. Me dio mala espina. Le dije que Daniel no estaba. Daniel, detrás de mí, puso la mano en mi hombro: "Mami, ¿por qué me niega? Yo me voy con él".
Salieron. Era un exmilitar que reclutaba muchachos. Les prometía trabajo, les facilitaba documentos. Ese día se llevó como diez, entre ellos, mi hijo. Le compró los pasajes a Ocaña. Nunca volvieron.
De inmediato. Fui a la Policía: "Espere 72 horas". A la Fiscalía: estaban en paro. Una funcionaria me dijo que seguro mi hijo estaba en El Cartucho, como si no valiera nada. Empezamos a hablar con otras madres. No era solo el mío. Eran 19.
El 2 de octubre. Ocho meses después. En la Fiscalía nos dijeron que había cuerpos en Ocaña enterrados como NN. Mi hija fue. Ella lo reconoció. Su tatuaje. Su camiseta. Sus manillas. Ella exigió que no se equivocaran. Ella fue la que lo trajo de vuelta, sellado en un ataúd. Llegó el 4 de octubre. Lo enterramos ese mismo día, a las tres de la tarde, en el cementerio de Bosa.
Una se muere y vuelve a nacer. Comenzó la lucha. La memoria. El arte me ha ayudado a sanar. La naturaleza también. Hice un proceso de perdón con un compareciente. Me curé de mi asma. Aprendí que la rabia enferma, pero el perdón libera.
Daniel sigue conmigo. En cada guitarra. En cada niño que corre. En cada gota de lluvia que toca la tierra.
Si pudiera elegir un superpoder, elegiría ser como una gata. Intuitiva. Poder moverme por el mundo sin perderme. Leer la energía de la gente. Proteger a los míos. Escuchar la voz de Daniel en el viento.
Cuando monto a caballo me siento libre como antes, como cuando creía que podía domar al mundo. Como cuando Daniel me miraba con esos ojos llenos de futuro. Aún lo siento. Aún lo amo. Y mientras tenga voz, seguiré diciendo su nombre.
Ana Páez y Johana Botero
Blanca Monroy y María Ordóñez
Carmenza Gómez y
Liliana Raigoso
Doris Tejada y María Ordóñez
Gloria Martínez y Johana Botero
Idalí Garcera y Nathaly Montoya
Jacqueline Castillo y Liliana Raigoso