De niña, fui puro brío y picardía. Me encantaba hacerle muecas a quienes pasaban, sacarles la lengua a los niños, solo para ver cómo se incomodaban o respondían con sorpresa a tal atrevimiento y, a veces, me corría mis travesuras detrás de mis hermanos. Era muy “burletera”, como decían entonces; me gustaba bromear, burlarme un poco de las personas, siempre con esa inocente irreverencia que solo tiene la niñez.
Me llamo Idali Garcerá Valdés. Nací el 23 de octubre de 1949, en la ciudad donde el calor abraza, el azúcar se respira y la brisa baila al ritmo de la salsa: la sucursal del cielo, mi querida Cali, col-12 col-md-6ombia.
Fui la tercera de once hermanos, aunque hoy solo quedamos cinco, aferrados a los recuerdos y a la historia compartida. Crecí en un hogar de manos trabajadoras. Mi padre, Guillermo Garcerá Vivas, hombre de paso firme y mirada serena, trabajó en la empresa de calzado Croydon, una de las más importantes de Cali; en aquellos tiempos era, símbolo de la industrialización que comenzaba a transformar la ciudad. También fue ferroviario, y su vida transcurrió entre locomotoras y rieles, cuando aún el tren surcaba los valles del Cauca, conectando a Cali con otras regiones del país.
En esos años, la ciudad crecía con ímpetu. Era la década de los cincuenta, cuando el desarrollo industrial comenzaba a florecer, la caña de azúcar dominaba los campos, y los barrios populares se llenaban de vida, música y esperanza. Cali era una ciudad en constante movimiento: bullosa, trabajadora, cálida, como el alma de su gente.
Mi madre, María Jesús Valdés Mariño, antes de dedicarse al hogar, trabajó en una reconocida fábrica textil de Cali llamada “La Garantía”. En aquellos tiempos, la ciudad vivía un auge industrial que ofrecía nuevas oportunidades laborales, especialmente para mujeres jóvenes, muchas de ellas provenientes de familias humildes. “La Garantía” era una de las empresas textiles más grandes e importantes de la región, y sus enormes galpones hervían de actividad: el sonido de los telares, el olor del algodón, el ritmo constante de las jornadas obreras. Allí, entre hilos, agujas y máquinas, mi madre conoció a mi padre, el hombre que cambiaría el rumbo de su vida.
Se casaron cuando él tenía 27 años y ella 22, una edad en la que muchos ya soñaban con formar una familia. Desde ese momento entonces, mi madre cambió las telas por la cocina, los telares por las cunitas, y se entregó por completo a su nuevo rol de ama de casa. Con manos laboriosas y corazón firme, construyó los cimientos de nuestro hogar, guiada por el amor, la paciencia y la inagotable fuerza que tienen las madres.
Llegué al mundo en tiempos convulsos, cuando la violencia bipartidista teñía de miedo los campos y ciudades del Valle del Cauca, liberales y conservadores se disputaban el país a plomo y machete. Me trajo al mundo mi abuela, María Antonia Vivas, una reconocida partera en Villa col-12 col-md-6ombia, un barrio tradicional, de calles vivas y memorias prendidas en cada esquina. Allí, en la calle 52, espina dorsal del barrio y también de la comuna, los negocios florecían como buganvilias, haciendo de esta calle una extensión del viejo y querido centro de Cali.
En esos tiempos, pocas mujeres llegaban a un hospital para parir. Se daba a luz en casa, con las manos sabias de una partera y el corazón encomendado a Dios. Y así, por gracia o destino, los niños nacíamos bien.
De niña, fui puro brío y picardía. Me encantaba hacerle muecas a quienes pasaban, sacarles la lengua a los niños, solo para ver cómo se incomodaban o respondían con sorpresa a tal atrevimiento y, a veces, me corría mis travesuras detrás de mis hermanos. Era muy “burletera”, como decían entonces; me gustaba bromear, burlarme un poco de las personas, siempre con esa inocente irreverencia que solo tiene la niñez.
Pero si algo era sagrado en mi casa, era el respeto. Bastaba una mirada firme para imponer autoridad. Con solo fruncir la ceja, mis padres nos hacían entender que ya era hora de ir a dormir o que ya no era momento de estar en conversaciones con los mayores. Así se criaba antes; con disciplina, con límites claros y mucho amor entre líneas.
Recuerdo que cuando era niña, tenía apenas siete años, ocurrió algo que marcaría para siempre la historia de mi ciudad y también de mi memoria. Era la madrugada del 7 de agosto de 1956. Cuando en el barrio San Nicol-12 col-md-6ás ocurrió una explosión que sacudió a Cali entera. Al principio, entre los murmullos de los vecinos, se decía que todo había sido culpa de un borracho que arrojó una colilla encendida junto a un carro cargado de material inflamable.
Pero con los días se supo la verdad: no había sido un accidente menor, ni una simple chispa desafortunada; fueron seis camiones cargados con 42 toneladas de dinamita, provenientes del puerto de Buenaventura, los que estallaron en plena ciudad. La carga tenía como destino la construcción de carreteras en Cundinamarca, pero nunca llegó. La explosión fue tan poderosa que hizo temblar la tierra, y se decía que el estruendo se sintió incluso en Buga, Palmira y Jamundí.
Una imagen que conservo nítida en mi memoria de este suceso nítida en mi memoria es la de la Escuela del Ejército Agustín Codazzi. La onda explosiva abrió un cráter inmenso en aquel lugar, y muchos soldados quedaron sepultados bajo los escombros. Era como si la ciudad entera hubiera respirado dolor al mismo tiempo.
En Cali murieron cerca de cuatro mil personas, y más de doce mil resultaron heridas. Aquella noche, el cielo no solo se llenó de fuego: también se llenó de llanto. Yo era apenas una niña, pero el estruendo me atravesó los huesos. Aún puedo escuchar, en el fondo de mi memoria, ese silencio raro que queda después del miedo. En Cali murieron cerca de cuatro mil personas, y más de doce mil resultaron heridas. Aquella noche, el cielo no solo se llenó de fuego: también se llenó de llanto. Yo era apenas una niña, pero el estruendo me atravesó los huesos. Aún puedo escuchar, en el fondo de mi memoria, ese silencio raro que queda después del miedo.
A los diez años, en 1959, dejamos Cali y emprendimos el viaje hacia Bogotá. Viajamos con mis padres, mis tíos y mis hermanos, cargando pocas pertenencias, pero con muchas ilusiones. Mi papá, influenciado por mis tíos, tomó la decisión de mudarnos con la idea de emprender en el mundo de la joyería. Así, todos nos fuimos adentrando poco a poco en el arte de las joyas. Recuerdo que, para entonces, uno de mis hermanos ya había aprendido a fabricar las botonaduras que usaban los mariachis en sus trajes. La casa se sentía llena, como un costal repleto de voces nuevas, de manos inquietas, de sueños que intentaban abrirse paso en una ciudad fría y desconocida.
Llegamos con lo puesto, los sueños en la maleta y la esperanza como brújula. Nuestro primer destino fue un barrio llamado El Siete de Agosto en Bogotá. Sin embargo, no estuvimos allí por mucho tiempo. Era época de lluvias intensas, y en una ocasión, la casa se inundó. Mis padres, enfrentando las dificultades del momento, tomaron la decisión de buscar un lugar más seguro. Así fue como llegamos al barrio La Estrada en Engativá.
A pesar de ser solo una parada en nuestro recorrido, La Estrada guarda un lugar especial en mi corazón. Fue allí donde hice mi primera comunión. Tendría unos diez años. Recuerdo que fue un 8 de diciembre, justo después de la Noche de Velitas del 7 de diciembre, esa tradición tan colombiana en la que el país entero se ilumina con faroles, velas y esperanza.
Pero Para mí, el día siguiente tuvo un tinte amargo. Mis padres no me acompañaron a mi primera comunión y llegué sola a la iglesia con la compañía de mi tía Lilia. En medio del desorden y la confusión, olvidé llevar el escapulario y el velón. Me sentí incompleta, como si algo esencial me faltara en ese momento tan esperado. Aun así, esa ceremonia, con su solemnidad y silencio, fue un acto de fe, solitario, pero sincero. Tal vez por eso, aunque La Estrada fue un lugar de paso, permanece vivo en mi memoria.
Al entrar en la adolescencia, recuerdo que solía dolerme mucho la cabeza y la nuca. Por esa época, el matadero de Bogotá quedaba cerca del barrio La Estrada, y allí íbamos con mi tía Lilia a recoger sangre fresca de res en una jarra. La mezclábamos con vino, como remedio natural. Era una receta casera que nos habían recomendado para fortalecer el cerebro, de esas fórmulas antiguas en las que confiaban los mayores.
Después de nuestra estancia en La Estrada, comenzó nuestro verdadero recorrido de barrio en barrio, buscando un lugar donde echar raíces, donde hacer hogar.
Recuerdo con claridad la conmoción que se vivió en 1961 cuando el presidente John F. Kennedy visitó colombia. Fue un hecho histórico, comentado en cada rincón del país, una mezcla de emoción, asombro y curiosidad. La noticia recorría las calles de boca en boca, como si todos quisiéramos apropiarnos un poco, de aquel momento extranjero y glamoroso. Era la primera vez que un presidente de Estados Unidos pisaba suelo colombiano, y su visita dejó una huella profunda.
Dos años más tarde, cuando fue asesinado, también la tristeza resultó que la tristeza cruzó fronteras. En homenaje a su figura, se decidió nombrar con su apellido un sector del suroccidente de Bogotá que aún no tenía identidad propia; así nació el barrio Kennedy, un lugar que dejó de ser simplemente periferia y pasó a llevar el nombre de un hombre que, aunque lejano, representaba esperanza, modernidad y cambio. Un nombre con acento gringo y sueños grandes.
Fue gracias a un fondo de ayuda internacional, promovido por el programa Alianza para el Progreso, impulsado por el mismo Kennedy, que el Instituto de Crédito Territorial comenzó a construir viviendas en esta zona. Entre las familias beneficiadas estuvo la mía. Recibimos una casa en este nuevo barrio, y con ella, una nueva oportunidad.
Para nosotros, fue más que un techo: fue un comienzo. Una semilla de estabilidad plantada en medio de tanta incertidumbre. Así fue como este lugar Kennedy se convirtió en nuestro hogar, y también en el símbolo de un nuevo capítulo en nuestra historia familiar.
Por aquel entonces, Kennedy era un lugar que apenas despertaba. Potreros amplios, tierras abiertas y algunas casitas desperdigadas, como si el barrio aún estuviera aprendiendo a llamarse barrio. El polvo se alzaba con cada paso, y los caminos de tierra eran también caminos de sueños y de posibilidades.
Mi papá para ese entonces tenía una finca en Cajicá, y de allá nos trajimos siete patos y patas para la nueva casa. Me encantaba verlos revolotear, zambullirse en los charcos cuando llovía, como si también ellos celebraran el nacimiento de una vida nueva en ese terreno virgen.
A mí me fascinaba vivir allí. Kennedy olía a tierra fresca y sonaba a motores de avión. Me maravillaba verlos cruzar el cielo por la zona de Banderas, tan cerca que parecía que podíamos tocarlos con los dedos. En ese entonces, el aeropuerto aún quedaba en Techo, y muchas veces íbamos a jugar alrededor de un viejo avión de colección que estaba averiado cuando quitaron el aeropuerto. Esa aeronave abandonada se convertía en nuestra nave espacial, nuestro fuerte, nuestro escondite secreto. Era una Bogotá distinta, una ciudad que aún tenía espacio para la imaginación.
Así llegué a mis quince años, en 1964. No era como ahora, que se hacen fiestas grandes con vestidos, fotos y música. En ese tiempo, los quince no se celebraban, o al menos, no en mi entorno. Las celebraciones importantes eran religiosas: un bautizo o una primera comunión. Esas sí se vivían con pompa y comunidad. Para ese entonces, yo era una joven morena, con una larga cabellera negra que peinaba con orgullo y me gustaba sentirla ondear cuando corría.
Aunque no hubo fiesta para mis quince, sí recuerdo muy bien cómo se vivían las celebraciones en el barrio, en las fiestas de donde mi familia era común los famosos sifones: unos barriles grandes de cerveza, similares al del Chavo del Ocho, que se llenaban cada vez que pasaba el camión de Bavaria. Todavía no existían las botellas desechables, ni de vidrio, así que el sifón era el centro de la fiesta, el contenedor compartido de risas, historias y brindis.
Aunque no hubo fiesta para mis quince, sí recuerdo muy bien cómo se vivían las celebraciones en el barrio, en las fiestas de donde mi familia era común los famosos sifones: unos barriles grandes de cerveza, similares al del Chavo del Ocho, que se llenaban cada vez que pasaba el camión de Bavaria. Todavía no existían las botellas desechables, ni de vidrio, así que el sifón era el centro de la fiesta, el contenedor compartido de risas, historias y brindis.
En 1978, a mis 29 años, ingresé a trabajar en Pat Primo, una de las marcas textiles más reconocidas del país en esos años. Trabajaba en los telares, abasteciendo las máquinas con hilaza, llenando los conos de hilo como urdidora, y en ocasiones también revisando su funcionamiento. Era un trabajo exigente, de jornada completa, pero lo hacía con gusto: me brindaba independencia.
La planta donde trabajaba quedaba en la zona industrial de Bogotá, bastante cerca de donde vivía. Cada día en mi trabajo era como una coreografía precisa: el movimiento de las máquinas, el tacto de las telas, las manos de compañeras que, como yo, tejíamos la vida puntada por puntada en un espacio de amistad y esfuerzo compartido. Aunque la empresa creció mucho desde entonces, en aquel tiempo el proceso era sobre todo manual y humano: enhebrar, contrarrestar hilos y revisar el estado del telar.
A pocos meses de dar a luz, mi hermana Esperanza se dio cuenta. No me regañó, no me cuestionó: me abrió las puertas de su hogar. Me acogió junto a su pareja en su casa en Bosa, para que pudiera recibir a mi hijo en mejores condiciones. Fue un gesto que aún llevo en el alma. Allí, entre cuidados, teteros y una cuna improvisada, comenzó una nueva etapa para mí: la maternidad, esa escuela donde se aprende con el corazón.
Así pasaron los años y en 1981, el amor tocó a mi puerta, casi sin avisar, como suelen llegar las cosas que cambian la vida. Yo ya tenía 32 años, y para muchos, eso era sinónimo de “"haber perdido pasado el tren”". Pero no para mí. En esa época Fue por esa época que conocí al padre de mi único hijo. Nos cruzamos entre jornadas de trabajo en Kennedy. La verdad, no sé si fue destino o casualidad, pero ahí estaba él, y ahí estaba yo, en un cruce de caminos.
Poco tiempo después quedé embarazada. La noticia sacudió todo mi ser, cuerpo y alma. Sentí una mezcla de alegría, orgullo, nervios y una inmensa felicidad al saber que mi hijo venía en camino. En aquellos tiempos, no era común —ni bien visto— que una mujer fuera madre soltera, menos aún “tan tarde”. Así que decidí guardar el secreto el mayor tiempo posible. Esto me motivó a irme a vivir a Candelaria (la nueva), en la localidad de Ciudad Bolívar, en una zona desconocida donde no me distinguían y donde el barrio apenas se estaba levantando entre lodo, ladrillo y voluntad. Las casas que estaban eran en obra negra, las calles sin pavimentar, pero la esperanza andaba suelta, y con ella caminábamos todos los días.
Llevé mi embarazo en silencio, como un susurro lleno de amor. Me hablaba a mí misma, me acariciaba la barriguita cuando nadie me miraba, y me daba mis gustos: sobre todo fruta, ¡cómo me antojaba de papaya! Desde entonces entendí aquello de que los varones comen mucho desde el vientre.
A pocos meses de dar a luz, mi hermana Esperanza se dio cuenta. No me regañó, no me cuestionó: me abrió las puertas de su hogar. Me acogió junto a su pareja en su casa en Bosa, para que pudiera recibir a mi hijo en mejores condiciones. Fue un gesto que aún llevo en el alma. Allí, entre cuidados, teteros y una cuna improvisada, comenzó una nueva etapa para mí: la maternidad, esa escuela donde se aprende con el corazón.
El jueves 1 de julio de 1982 comenzaron las contracciones. El cuerpo empezó a hablarme con fuerza, con esa mezcla de dolor y anuncio de milagro. Mi hermana Esperanza y el papá de mi hijo me acompañaron al hospital. Fuimos primero a la Samaritana, que queda cerca de La Hortua. Pero allá me dijeron que no me podían atender.
Nos remitieron entonces a la Clínica San Pedro Claver, en pleno centro de Bogotá. Allí estuvimos hasta al día siguiente, viernes 2 de julio, entre carreras y suspiros. Justo esos días se estaban transmitiendo los partidos del Mundial del 82, y recuerdo con claridad cómo el personal médico, parecía más interesado en los resultados que en las contracciones de las mujeres. Entre la euforia, los gritos que salían de un televisor viejo y los murmullos de los pasillos, llegó el momento.
A la una y cincuenta de la tarde, se abrió paso la vida: un llanto fuerte y claro, dijo: “aquí estoy”. Así nació mi adorado hijo, Diego Alberto Tamayo Garcera, con todo el corazón del mundo esperándolo. Fue un instante lleno de luz, de emoción, de plenitud. Para mí, para su padre y para toda la familia, su nacimiento fue una bendición.
Pero la dicha vino con miedo susto. Diego tuvo que permanecer en la fue llevado a incubadora durante sus primeros días. Aún era tan frágil. La primera persona que lo conoció, luego de ese tiempo, fue mi hermana Esperanza, que lo visitó en la sala de neonatos para llevarle su primera ropita, mientras yo seguía en otra sala en observación.
Porque lo mío no terminó con el parto. Me tuvieron que dejar hospitalizada hasta el lunes por algunas complicaciones médicas. Recuerdo que lo más difícil fue la sed. Una sed aguda y, persistente, que se grabó en mi memoria como un castigo. Decían que no había agua en la clínica. Y yo, desesperada, decidí bajarme de la camilla —a pesar de los cables, del dolor, del miedo— para comprobar con mis propios ojos si era cierto. En esa pequeña hazaña me hice daño, claro, y eso tampoco ayudó a acortar mi estadía.
Finalmente, me dieron de alta el lunes. Al salir, la vida me recibió con una ironía de esas que solo ella sabe entregar: un aguacero furioso, como si el cielo quisiera darme toda el agua que me había faltado esos días. Salí empapada, pero ya no importaba. Ya era madre.
Durante los primeros años, el padre de Diego estuvo presente. Heredamos de él, el amor por la salsa, como buen caleño. Nos visitaba cuando podía, aunque nuestra relación siempre fue difícil. Yo no vivía con él. Mi hermana y su esposo no veían con buenos ojos nuestra historia, así que teníamos que tocaba vernos a escondidas, robándonos momentos entre la rutina y la sospecha.
Así transcurrieron los primeros años de Diego, entre juegos, risas, y el asombro de descubrir el mundo a través de sus ojos. Pero también había cansancio. La necesidad de tener un lugar propio, una casa que fuera realmente mía, me hizo moverme. Conseguí una casa lote en Bosa y me fui a vivir allí con Diego y con Miguel, mi sobrino.
Era una casa humilde, pero llena de futuro. En ella comenzamos otra etapa, con más preguntas que respuestas, pero con la certeza de que juntos podríamos inventarnos una vida.
Cuando Diego tenía un año, en 1983, decidimos bautizarlo. Lo hicimos en la parroquia Santa Margarita en Kennedy, una iglesia modesta y pero cálida, de esas donde los vitrales dejan pasar la luz como si fuera un susurro del cielo. Fue una ceremonia sencilla, familiar y, pero significativa.
El agua bendita recorriendo su frente fue también una forma de pedirle al mundo que lo cuidara, que le diera camino.
Mientras seguía ganándome la vida, como tantas madres solteras que le apuestan a lo poco con esperanza grande. El remolino llegó.
Fue en 1987, cuando Diego tenía cinco años y yo 38. Una noticia que aún recuerdo con un nudo en la garganta: su papá, había decidido marcharse a los Estados Unidos. Decía que iba en busca de mejores oportunidades, que aquí no había trabajo suficiente, que allá tal vez sí. Pero en el fondo, sabíamos que también era una despedida.
Transcurrieron los años y Diego fue creciendo. Hizo su kínder y su primaria. Siempre fue un niño curioso, sensible y lleno de vida. Como si supiera, desde muy pequeño, que existir ya era un milagro, y que había que agradecerlo en cada gesto, en cada vínculo y en cada criatura.
Fue así como descubrió un amor inmenso por los animales. Una fascinación desbordada, en especial por los perros. En la casa lote donde vivíamos, con ese terreno amplio que aún conservaba algo de campo en medio del barrio, Diego hizo su propio refugio: perro que veía enfermo, perro que recogía y curaba con una ternura que me conmovía. Yo lo veía tan feliz, tan entregado, que decidí apoyarlo. Si eso lo movía, —pensé—: ¿por qué no ayudarlo a formarse? Así nació su sueño de niño de ser veterinario.
Cuando Diego cumplió 10 años, en 1992, celebramos su primera comunión. Fue en la Parroquia San Pablo, en la avenida Pla Primera de Mayo con Calle 52, una iglesia donde la ceremonia tuvo un aire sereno y lleno de alegría. Yo seguía para ese entonces trabajando en Pat Primo, y, como era costumbre, invité a varios de mis compañeros. Fue un evento muy especial, con todo el amor y el esfuerzo de una madre que quiere ver feliz a su hijo. Le hice su celebración con lo que tenía, con lo que podía, pero sobre todo con lo que sabía: cuidar cada detalle para que él sintiera que ese era su día.
Tengo muchos recuerdos de la niñez de Diego en el Parque de la Caña, en Cali. Aunque yo nunca aprendí a nadar —una vez casi me ahogo, y desde entonces le tomé respeto al agua—, me encantaba acompañarlo en sus planes de piscina. Verlo disfrutar era mi mayor gozo. También fuimos varias veces al río Pance, ese lugar donde el agua canta entre piedras y el tiempo se detiene. Si se daba la ocasión, armábamos un paseo de olla con amigos o familiares: sancocho, leña, risas y naturaleza. Esos eran parte de nuestros rituales de felicidad.
Desde el vientre, Diego mostró gustos muy particulares. Se antojaba de papaya, de fruta fresca, de todo lo que viniera con col-12 col-md-6or y dulzura. Y eso se mantuvo: a. Amaba la fruta, tanto como los perros y —curiosamente— la carne en todas sus formas: asada, sudada, en bistec, como fuera. En cambio, el pescado nunca fue tanto de su agrado. Tenía una forma muy suya de comerlo: se comía solo una de las capitas y dejaba la otra intacta, como si el plato le hablara en dos idiomas y él solo quisiera responderle a uno.
Como buen caleño de raíz, Diego también heredó la pasión por el Deportivo Cali. Le gustaba mucho jugar fútbol y montar en bicicleta. La salsa corría por sus venas. Le encantaba bailar; se creía —y con razón— un gran bailarín. Con una sonrisa pícara y ese humor tan suyo, tan “burletero” como el de su mamá, se burlaba de los familiares que, según él, “no sabían menear los pies”, mientras él se lucía girando, marcando el paso, y dejando claro que en su cuerpo también vivía la música.
Para entonces, nos habíamos mudado nuevamente a Kennedy, esta vez a vivir con mis hermanos. Era como volver al inicio, pero con otra mirada. Kennedy ya no era el barrio de potreros y aviones que recordaba, sino un lugar más construido, más lleno, pero que aún conservaba ese espíritu comunitario que tanto valorábamos.
Los años pasaron, y Diego entró en la adolescencia., Estudió hasta noveno grado y, como no logró terminar el bachillerato, tomó la decisión de empezar a estudiar veterinaria en una academia, aferrado a ese amor inmenso que sentía por los animales. Su vocación era más fuerte que los obstáculos. Aunque no tuviera un diploma, se esforzaba. Perro que se enfermaba, perro que recibía sus cuidados. Pero no solo eso: también era un joven solidario con las personas. Si veía a alguien necesitado, no lo pensaba dos veces. Tenía el corazón abierto y las manos siempre dispuestas a ayudar.
Uno de los perros que más recuerdo fue Morgan, un bóxer imponente, de carácter fuerte, pero corazón noble. Morgan tenía ese tipo de lealtad que no se compra, que se gana. Era como el escudero de Diego. Si yo le reclamaba algo a mi hijo, ahí estaba el perro, mirándome serio, como diciendo “cuidadito con él, no me le vaya a pegar”. Era su cómplice, su guardaespaldas y su amigo fiel.
Diego era una persona compinchera, sociable y muy querida por todos. Tenía varios amigos en el barrio, con quienes compartía risas, historias y mil aventuras. Desde niño le regalamos patines, y conoció la bicicleta a muy corta edad. Tal vez por eso desarrolló tanta destreza: volaba sobre esa cicla. Le encantaba montar, sentir el viento en la cara y pedalear sin rumbo, como si la libertad se le escapara por los pies.
La vida siguió su curso hasta que, en 1995, cuando tenía 46 años, el cáncer llamó a mi puerta. Fue cáncer de seno, una de esas noticias que sacuden hasta los huesos y te obligan a replantearlo todo: el cuerpo, el tiempo, los afectos, los sueños. Sin embargo, también fue una prueba que logré superar. Salí victoriosa, aferrada al amor incondicional de los míos, a los remedios tradicionales y a una fuerza profunda que brotaba del alma, como si la vida misma me empujara a seguir adelante.
En esa época, Pat Primo fue un gran apoyo para mí. También lo fueron mis compañeras, que me ayudaban con lo que podían: dinero, yogures, frutas y alimentos para mí y mi familia. Recuerdo amorosamente que como esa solidaridad me sostuvo cuando más lo necesitaba.
En casa, por ese entonces, aún teníamos a Morgan, el perro escudero de mi hijo Diego. Con el tiempo y con los años, también se convirtió en mi guardián silencioso. Le gustaba acostarse cerca de mi cama, como si supiera que yo necesitaba compañía, como si entendiera que estaba cuidando mi descanso. Lo recuerdo ahí, echado, viendo pasar la vida sin apuros, con esa paz que solo tienen los animales sabios.
Pero no todo fue alegría. Un día, decidimos dejar a Morgan en una perrera temporal, mientras solucionábamos algunas cosas en casa. Cuando regresamos a recogerlo, ya no estaba. El encargado comenzó a enredarnos con historias: que lo habían llevado a una finca, que lo habían reclamado, que no sabían bien qué había pasado. El hecho fue que Morgan desapareció. Nunca volvió. Y el vacío que dejó fue enorme.
Tal vez, para aliviar nuestra pena —o su culpa—, el dueño de la perrera nos ofreció otro perro en compensación: un san bernardo gigante, noble y bonachón. Recuerdo que lo vi y pensé: “¿Cómo voy a cuidar a semejante perrote?”. Era tan grande que parecía más una alfombra peluda con patas que un animal doméstico. Pero, con el tiempo, también se volvió parte de la familia.
Lastimosamente, el destino también fue cruel con el san bernardo también tenía otro plan para el San Bernardo. Un día, me traje una ahuyama de un paseo que hicimos a Mesitas del col-12 col-md-6egio en Cundinamarca y la dejé en la cocina, sin pensar que al perro pudiera interesarle. Como solía quedarse afuera, no le dimos importancia. Pero esa noche, mientras dormíamos, se la comió entera y se envenenó. Cuando despertamos, lo encontramos tieso, estirado en el suelo. Dicen que la ahuyama puede ser mortal para los perros, ya que les destruye los intestinos. Fue una tristeza enorme. No nos quedó más remedio que despedirnos. Diego y sus amigos lo subieron a una carreta y lo llevaron a enterrar en un potrero cercano al CAI de La Libertad. “Porque semejante perrote… ¿Qué más se podía hacer?”
Recuerdo otra anécdota de esas que me marcó como madre. Fue en 1996, cuando Diego tenía 14 años. Con un grupo de siete amigos decidieron hacer una locura juvenil: irse en bicicleta hasta Mesitas. Así, sin más, con la confianza de quien cree que todo es posible. Durante el recorrido, uno de los muchachos sufrió un accidente: se cayó y se rompió el labio con una piedra. Diego iba adelante, tan concentrado en la ruta, que no se dio cuenta hasta que ya había llegado a Mesitas. Tuvieron que devolverse a buscar al amigo y traerlo de regreso en una flota, directo para el hospital.
Pero qué se le puede hacer, él era así: impulsivo, pero responsable. Valiente, pero leal. Y siempre, siempre dispuesto a cuidar a quienes lo rodeaban, como si el mundo entero fuera parte de esa manada que él había elegido proteger.
Superada esa etapa, los años siguieron su curso entre mis jornadas de trabajo, los quehaceres del hogar y el cuidado de Diego, mi hermana Nancy y mi sobrino Miguel.
Fue entre los años 2000 y 2001 cuando, gracias a las cesantías que recibí de Pat Primo, pude cumplir otro sueño: tener mi propio apartamento. Me mudé con mi hijo a Soacha, al barrio Ducales, un sector que por entonces apenas comenzaba a urbanizarse. Era un lugar nuevo, todavía rodeado de potreros y, pero lleno de familias que llegaban cargadas de esperanza. Muy cerca quedaba el humedal Tierra Blanca, un espacio natural que en ese entonces la gente aún visitaba
para descansar, caminar o incluso bañarse. Era un lugar sencillo, pero lleno de vida, un recreo popular en medio de lo cotidiano.
En el 2003 Diego prestó el servicio militar en el Ejército Nacional de colombia en el Batallón de Selva No. 50 en Leticia, orgulloso de su patria, Diego juró bandera.
Diego siguió creciendo, haciéndose adulto. Como muchos jóvenes, empezó a trabajar en lo que fuera saliendo. Consiguió empleo como cromador en Kennedy, en una empresa que fabricaba triciclos y mesas de planchar. Más adelante, se desempeñó como pintor, y luego trabajó en una ladrillera cerca del apartamento en Soacha. Su vida se fue llenando de herramientas, de manos que arreglan, de rutinas que construyen. Fue forjando su camino entre tornillos, brochas y jornadas largas. Así era Diego: trabajador, creativo, siempre dispuesto a aprender algo nuevo y a echar una mano donde hiciera falta.
En el 2005, tras casi 27 años de entrega y trabajo constante en Pat Primo, llegó el momento de mi jubilación. Cerré ese ciclo con gratitud y con la satisfacción de haber dado lo mejor de mí.
Durante la celebración familiar bailamos, conversamos y tomamos un poco. Pero, pasada la medianoche, me invadió una angustia desesperante: sentí la necesidad urgente de regresar a casa. Esperé hasta que amaneciera y, con el primer rayo de sol, volví a nuestro apartamento. Al llegar y abrir, noté algo en la puerta: el conejo dálmata que teníamos de mascota por esos días y, junto a la puerta, una nota adhesiva que decía: “Me voy a conocer la costa, mamá”. Y otra nota que expresaba: “Madre, cuídame el conejo. El lunes te voy llegando”.
Habían pasado casi tres años desde que me pensioné, cuando en el 2008 la vida me enfrentó a lo impensable. Recuerdo ese año con una mezcla de niebla y destellos dolorosamente nítidos. Estábamos en Soacha, donde habíamos tejido nuestra vida entre luchas, jornadas de trabajo y, afectos sencillos, pero de repente, el mundo cambió.
Por esos días, Diego trabajaba en la ladrillera cerca de donde vivíamos en Soacha. Era un trabajo muy duro, él se quejaba constantemente de las largas jornadas, del esfuerzo físico y sobre todo, del calor que debía soportar en sus manos al recibir los ladrillos recién horneados. Recuerdo que reuní lo necesario para comprarle unos guantes de carnaza, con la esperanza de que así su labor fuera un poco más llevadera.
Sin embargo, no fue solo el trabajo lo que hizo de ese primer semestre del año un período especialmente difícil para nosotros. Diego estaba muy enfermo debido a una gastritis severa. Hicimos lo posible por atender su salud, y en julio cuando su condición llegó al punto más crítico, comenzamos de urgencia su tratamiento en el Hospital de Kennedy.
Entre julio y agosto, sus días transcurrieron mientras él se dedicaba a recuperarse dedicado a su recuperación, siguiendo al pie de la letra las indicaciones médicas. Tal vez esa situación fue la que, por esos días, lo impulsó a buscar un nuevo empleo. Fue entonces cuando apareció con la idea de que quería ir a la Costa a trabajar y conocer. Según él, se le había presentado una gran oportunidad: un trabajo que le pagaría más de un millón de pesos, la posibilidad de ver por primera vez el mar —uno de sus sueños— y, además, enviarme puntualmente dinero para los gastos del apartamento desde allá.
Estuvo con ese cuento durante varios días; sin embargo, para mí era una idea arriesgada, sobre todo porque no conocía el lugar y, más aún, por la condición de salud en la que se encontraba. Por eso, de una u otra forma, le manifesté mi preocupación y desacuerdo.
Pocos días después, el sábado 23 de agosto, nos invitaron a celebrar el cumpleaños de mi sobrina. Lo animé a acompañarnos, pero Diego prefirió quedarse en casa. Justo por esos días, me había dicho que ya no pensaba irse a la Costa, y eso me tenía más tranquila. Así que, como había quedado de llevar la torta, asistí al evento, dejando a Diego solo en el apartamento.
Durante la celebración familiar bailamos, conversamos y tomamos un poco. Pero, pasada la medianoche, me invadió una angustia desesperante: sentí la necesidad urgente de regresar a casa. Esperé hasta que amaneciera y, con el primer rayo de sol, volví a nuestro apartamento. Al llegar y abrir, noté algo en la puerta: el conejo dálmata que teníamos de mascota por esos días y, junto a la puerta, una nota adhesiva que decía: “Me voy a conocer la costa, mamá”. Y otra nota que expresaba: “Madre, cuídame el conejo. El lunes te voy llegando”.
A pesar de la preocupación, aquel domingo transcurrió con lentitud. Cuando por fin llegó el tan esperado lunes, lo recibí con la emoción de quien aguarda una visita especial. Sabía cuánto le gustaba, así que preparé una carnita en bistec, con la ilusión de ver llegar a mi hijo y disfrutarla como solía hacerlo: saboreándola hasta chuparse los dedos. Pero ese día nunca llegó.
Fue entonces cuando me empezó a invadir una desesperación más profunda. Diego no era de faltar a sus promesas. Algo no estaba bien. Alerté a mi familia y, con los medios que teníamos, comenzamos a buscarlo.
Recuerdo que fui a preguntarle a don Hernán, el portero del conjunto donde vivíamos, si lo había visto salir o si Diego le había dicho algo. Al verme tan angustiada, me miró con cierta cautela, como si dudara en hablar, y luego, en voz baja, casi como quien revela un secreto, me confesó que Diego le había mencionado que se iba a trabajar a Norte de Santander.
Después hablé con uno de sus amigos más cercanos. Le supliqué que me dijera la verdad, con la promesa de que, si Diego regresaba, nunca sabría que él había sido quien me lo contó. Todos le eran leales, lo cuidaban y ayudaban a encubrirlo. Fue entonces, cuando me confesó que él le había dicho que lo habían contactado para irse a trabajar a Ocaña, Norte de Santander.
Diego fue visto por última vez el 23 de agosto de 2008 en Soacha. Dos días después, su nombre apareció en un informe oficial: había sido dado de baja en combate en Ocaña, Norte de Santander, acusado falsamente de pertenecer a un grupo paramilitar llamado “Las Águilas Negras”. Según el reporte, junto a él, habrían “caído” otros dos supuestos integrantes del mismo grupo.
Fue gracias a la llamada de un familiar que me enteré de esta noticia. Me dijo que revisará el periódico El Tiempo del 25 de agosto. Lo hojeé con el corazón en vilo, y ahí, en medio del papel impreso, encontré el nombre de mi hijo, escrito como si fuera el de un criminal cualquiera junto al titular: “"¡Tres integrantes de las Águilas Negras, son dados de baja! ¡TRES INTEGRANTES DE LAS ÁGUILAS NEGRAS, SON DADOS DE BAJA!”."
Como Diego llevaba su cédula consigo, su identificación fue inmediata. A partir de ahí, los días se vuelven una neblina en mi memoria. Recuerdo que mi familia no se despegó de mí ni un momento. Ellos hicieron llamadas, averiguaron, buscaron respuestas donde apenas había silencio.
Poco después, me llamaron de Medicina Legal, en Bogotá. Querían que me presentara para identificar un cuerpo que, decían, podía ser el de mi hijo. En compañía de un sobrino fui con el alma en la garganta. Mientras mi familia seguía indagando por su parte, a mí me mostraron una fotografía. Efectivamente, ahí estaba él: El rostro que había criado, con su gesto inconfundible, la fisonomía que ninguna distancia podía borrar... y aquella chaquetica de jean ovejera que tantas veces le vi puesta.
Era Diego. No quedaban dudas. Por más que mi corazón quisiera negarlo, el hijo que había despedido aquella noche ya no volvería.
El primero de septiembre de 2008 me confirmaron lo que en el fondo ya sabía, pero me rehusaba a aceptar: sí, era Diego. A él lo habían presentado como baja en combate.
En medio del dolor, encontré una mano amiga en el sindicato de Pat Primo, la empresa en la que trabajé durante tantos años. En ese momento tan oscuro, me ofrecieron un apoyo invaluable: se encargaron de los gastos del traslado del cuerpo de mi hijo. Su solidaridad me sostuvo cuando más lo necesitaba.
El 2 de septiembre del 2008 lo recibí en Bogotá. Fui a la funeraria Los Olivos de la calle 42 con el corazón hecho trizas, llevando con mis manos la ropita que tanto le gustaba, esa que él mismo habría elegido para una ocasión especial. Quise que estuviera vestido con amor, con memoria y con dignidad.
El 3 de septiembre lo velamos. Fue un día profundamente emotivo. Mi familia, mis compañeros y muchos amigos del trabajo me acompañaron con abrazos, lágrimas y palabras de consuelo. Sentí, en medio de la tristeza, el calor de una red que me sostenía, que no me dejaba caer del todo.
El 4 de septiembre, finalmente, lo enterramos en el Cementerio Apogeo. Pocas fechas se graban tan hondo en el alma como esa. Ese día, con el cuerpo de mi hijo supe que mi vida no volvería a ser la misma. Pero también entendí que desde ese momento comenzaba otra lucha: por la verdad, por la justicia y por la memoria de Diego.
A finales de septiembre comencé una nueva etapa en mi vida: la lucha por la verdad. Una lucha para limpiar el nombre de mi hijo, para que el mundo supiera que Diego no era ningún delincuente, que no merecía ese final cruel, ni esa mentira impuesta.
Fue en ese camino de denuncias y gestiones —entre oficinas, papeles, preguntas sin respuestas— que llegué a la Personería y a la Alcaldía de Soacha. Allí, en medio de trámites administrativos y silencios incómodos, descubrí que no estaba sola. Había otras mujeres como yo, otras madres a quienes también les habían arrebatado a sus hijos con engaños, para luego disfrazarlos de criminales.
Así conocí a otras madres. Nos unió el dolor, pero también la dignidad. Entre nosotras, sin necesidad de muchas palabras, supimos reconocernos: sabíamos lo que era mirar una tumba y no entender cómo se llegó hasta ahí.
Desde ese dolor irreparable, transformé mi duelo en una causa colectiva. Junto a otras madres que, como yo, habíamos perdido a nuestros hijos bajo engaños y falsas acusaciones, dimos vida a MAFAPO —las Madres de los Falsos Positivos de Soacha—, un colectivo nacido de la injusticia, pero sostenido por el amor y la memoria.
Comenzamos a caminar juntas exigiendo justicia. Nuestras voces, antes aisladas, empezaron a escucharse más fuerte. Más personas se interesaron en nuestras historias, y se hizo evidente el patrón que nos unía: jóvenes de barrios humildes, llevados con falsas promesas de trabajo, asesinados, disfrazados con botas ajenas y ropas camufladas mal puestas, y luego presentados como criminales caídos en combate. Con MAFAPO desde ese entonces he recorrido muchas regiones del país exigiendo verdad, justicia y reparación. Hemos visibilizado un patrón sistemático de asesinatos.
En adelante, he estado en tribunales, en la calle, en universidades, en medios de comunicación y ante organismos internacionales, llevando la voz de las madres que se niegan al olvido. Pero nuestra lucha no es solo legal: también hemos trabajado por la memoria. Hemos pintado murales, alzado fotografías, sembrado árboles, participado en obras, bordado telas, tallado madera, escrito libros, compuesto canciones y actos simbólicos que dignifican la vida de nuestros hijos “sanando vidas a través del arte”.
He estado presente en espacios de verdad, como los que promueve la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Allí he exigido que los responsables digan la verdad, sin excusas, y reconozcan el dolor que causaron. Lo hago por Diego, pero también por todos los jóvenes que fueron arrebatados injustamente.
Convertí mi dolor en una voz que no se cansa. Porque aunque ya no esté físicamente, mi hijo sigue caminando conmigo cada vez que levanto su nombre o una fotografía de él para que el país no olvide.
Lo que se supo de mi hijo es que, aquel sábado en que salió, se encontró con el reclutador que era un exmilitar y su esposa, y dos muchachos más del barrio. Llegaron al terminal y tomaron una flota Copetran con destino a Ocaña. Era la noche del 23 de agosto de 2008. Llegando a Ocaña los llevaron a una casa donde estaban quienes les habían ofrecido el supuesto trabajo. Para tranquilizarlos, les dieron alcohol y drogas. Les dijeron que Ocaña era solo una escala, que su destino final era la Costa. Tal vez los jóvenes lo creyeron. Tal vez, por un momento, bajaron la guardia.
A las tres de la madrugada, borrachos, tambaleantes, a punto de perder la conciencia, los obligaron a salir de la casa. Los internaron en el monte y allí, antes de que amaneciera, los entregaron a los reclutadores del Ejército Nacional de col-12 col-md-6ombia, pertenecientes a la Brigada 15, bajo el mando del coronel Gabriel de Jesús Rincón, quienes les quitaron la vida el domingo 25 de agosto del 2008.
El 10 de agosto de 2017, frente al coronel Rincón y los otros trece militares responsables de la muerte de mi hijo, tomé el micrófono. La voz se me quebraba, pero el pulso no. Mirando a los ojos al criminal que le arrebató la vida, dije:
“He esperado estos diez años… Me acogí a la JEP para escuchar a los señores implicados, para saber qué fue lo que realmente pasó, para que todas nosotras podamos encontrar un poco de alivio en el alma. Soy una madre que sufre. Él era mi único hijo, y su ausencia me duele profundamente. Lo extraño con todo mi ser.”
No hay palabras suficientes para describir lo que significa perder un hijo. Es como si una parte del alma decidiera irse con él. Como si el tiempo se quebrara, y cada recuerdo se llenará de un eco mudo. Diego partió muy joven, con su corazón generoso, con sueños aún por escribir, con las manos llenas de vida. Pero, aunque ya no esté, su memoria sigue de pie. Y yo, su madre, sigo caminando por él.
Siento que, a pesar de su ausencia, Diego no se fue del todo. Su risa, su manera de bailar salsa, sus perros, sus chistes, su bicicleta y su forma de cuidar a los otros, se quedaron conmigo. A veces lo siento cerca, como cuando el viento se cuela por las ventanas sin permiso. O cuando veo a un muchacho ayudar a un perro en la calle. O cuando suena una canción del Grupo Niche y se me mueven los pies sin querer.
Desde entonces, he aprendido a vivir de otra manera. A vivir con su recuerdo, que no es una sombra, sino una llama. Agradezco cada año que compartimos, cada cicatriz convertida en anécdota, cada historia que hoy puedo contar porque él estuvo allí. Porque donde pisa un ser como Diego, la hierba sigue creciendo.
Viví en Ducales hasta el 2023, año en que decidí de alguna forma cerrar un capítulo de mi vida y vender el apartamento en Soacha
Soy Idali. He vivido más de siete décadas, y en cada hilo plateado de mi cabellera habita un capítulo de mi historia. Detrás de este brillo blanco se esconde la memoria de una mujer que transformó el dolor en raíz, la raíz en flor, y la flor en fuerza… para no dejar nunca de luchar.
Me identifico profundamente con los perros. Hay algo en su nobleza, en esa manera incondicional de acompañar, que me recuerda el alma caritativa y generosa de mi hijo Diego. Él me enseñó a mirarlos con otros ojos, a reconocer en ellos seres llenos de amor, capaces de dar sin pedir nada a cambio. Desde entonces, cada vez que veo un perro en la calle, siento que también hay algo de él saludándome desde ese pelaje y desde esos ojos.
También me encantan las plantas y todo lo que brota de la tierra. Tengo una pasión especial por las materas, por decorarlas con colores vivos, con aves y pajaritos pintados, como si cada una pudiera contar una historia propia. Son pequeños jardines de vida que me recuerdan que siempre hay algo creciendo, aunque no lo veamos.
Como buena caleña, el arte de la cocina también es parte de mí. Me gusta lo que emana el humo de las ollas, ese lenguaje silencioso de los caldos que hablan de hogar, de tiempo y de cuidado. Me fascinan las sopas y las cremas, pero mi favorita, sin duda, es la sopa de cuchuco de maíz. Me gusta prepararla con papas criollas —que fue aquí en Bogotá donde supe que les decían “papa amarilla”—, repollo y carne picada. También disfruto el arroz con pollo, los camarones, y todo eso sí: con su buen ají, que no puede faltar.
Dentro de mis otros platillos consentidos están las pastas. Cocino una pasta Alfredo con salsa Bechamel que me queda deliciosa; el truco está en cocinar bien la mantequilla con la harina. Y para la boloñesa, un guisito de tomate como Dios manda. Cocinar es mi manera de dar amor sin decir palabras.
Me gusta compartir tiempo con mi familia. A veces nos reunimos a bailar, a jugar juegos de mesa, a reírnos de la vida. Son momentos que valoro profundamente, porque en ellos sigo sintiéndome viva, acompañada y útil.
Siento que la parte más fuerte de mi cuerpo siguen siendo mis manos. Estas manos que han trabajado, acariciado, cocinado y sostenido el mundo cuando parecía venirse abajo. Con ellas he sembrado, criado, despedido y vuelto a empezar. Con ellas he recogido lo mejor de cada momento, como quien guarda semillas para volver a florecer.
Si pudiera pedir un poder, sería el de la persuasión: tener voz en una mesa, que me escuchen, que me crean, que comprendan que mi historia no es cualquier historia, que es una vida vivida con coraje, con ternura y con dignidad. Que lo que tengo para decir merece ser escuchado. Porque donde ha habido dolor, también ha habido belleza. Porque donde pisa una mujer con memoria, la vida vuelve a florecer y la memoria no puede apagarse.
Sueño con mejorar mi salud, no cargar con achaques, y que, si algún día Dios me lleva con mi hijo, no sea a través de una enfermedad. Anhelo una partida tranquila, sin estar postrada en una cama, con la paz de haber dejado huellas que otros puedan seguir.
Me encantaría seguir inventando. Las manualidades nunca fueron mi fuerte, pero sé que puedo aprender y mejorar. Quiero atreverme con nuevas tareas artísticas, porque, aunque pasé tantos años entre telas e hilos, nunca aprendí a coser o tejer.
Y claro, deseo seguir narrando mi historia y caminando con MAFAPO. Desde que en 2009 se formó, me he sentido cobijada por la unión y el apoyo de otras mujeres, por los aprendizajes y los proyectos que hemos construido juntas. Me alegra que, de una u otra forma, se reconozca lo que hacemos. Recuerdo con especial cariño los talleres, telares y cosas que hemos hecho, y quiero que sigamos unidas, porque ya son casi 17 años en esta lucha de mujeres con las botas bien puestas. Deseo que sigamos juntas, firmes, dejando huella… porque nuestra voz es semilla, y la semilla no deja de crecer.
Soy Idali. He vivido más de siete décadas, y en cada hilo plateado de mi cabellera habita un capítulo de mi historia. Detrás de este brillo blanco se esconde la memoria de una mujer que transformó el dolor en raíz, la raíz en flor, y la flor en fuerza… para no dejar nunca de luchar.
Ana Páez y Johana Botero
Blanca Monroy y María Ordóñez
Carmenza Gómez y
Liliana Raigoso
Doris Tejada y María Ordóñez
Gloria Martínez y Johana Botero
Idalí Garcera y Nathaly Montoya
Jacqueline Castillo y Liliana Raigoso